El pequeño Vladimir Putin.

José Bercetche

En el contexto de la brutal invasión de Ucrania por parte del ejército ruso, hablar sobre educación o crianza puede parecer una distracción, un desvío para alejarme del sufrimiento de las víctimas de ese conflicto que nos llega a través de los medios y las redes. Sin embargo, seguramente por deformación profesional, no puedo evitar ver la relación entre estos temas. Porque, ante el estupor, la rabia, el miedo y la tristeza que nos produce esta barbarie, muchas/os nos preguntamos:

¿Qué clase de persona es capaz de ordenar el bombardeo de ciudades, sabiendo perfectamente lo que esas bombas causarán en la población civil? ¿Qué piensa y qué guarda en el corazón quien da la orden de lanzar cohetes de artillería indiscriminadamente contra objetivos en donde viven niños y niñas, mujeres embarazadas, ancianos, enfermos, jóvenes y adultos?

Esta fatídica semana vi las imágenes de una sala de maternidad en un hospital en Ucrania, en donde un grupo de mujeres intentaba atender a decenas de bebés recién nacidos, en medio de los ataques de morteros rusos. Esa escena, más que todas las otras que he visto en donde los horrores de la guerra nos retuercen las tripas, me hizo pensar en que son necesarios unos aprendizajes de infancia muy específicos para ordenar esos ataques.

Para alguien con formación en las patologías de la mente no sería difícil hacer un diagnóstico del presidente de la Federación rusa identificando rasgos de psicopatía o paranoia. Desde mi punto de vista, centrado en la educación temprana, veo en él, y en el grupo de hombres que lo apoyan, las huellas de algunos de los aprendizajes de su infancia.

El primer desafío al que se enfrenta una criatura recién nacida es el de superar el miedo que su fragilísima condición le supone. Los bebés asimilan sus nociones de seguridad mediante el proceso de apego con sus cuidadores durante más o menos sus primeros tres años, y especialmente durante sus primeros meses. Es muy probable que quienes no interiorizan una sólida noción de “estar a salvo” crezcan con miedo y desconfianza del mundo que les rodea. Algunas personas superan esta inseguridad con los años, gracias a experiencias vitales que les enseñan a confiar. Otras, en cambio, se estancan en la percepción (que en esos años tempranos es casi puramente emocional) de que en el mundo impera la ley de la selva y viven su vida a merced del sálvese quien pueda.

En una Leningrado que todavía sufría las devastadoras consecuencias del asedio nazi que había sufrido pocos años antes y estaba sumida en la pobreza y el férreo control soviético, la infancia de Vladimir Putin estuvo marcada por las privaciones. Su padre estaba discapacitado por sus heridas durante la segunda guerra mundial y su madre trabajaba fuera de casa para subsistir en un piso pequeño que compartían con otras dos familias. En un entorno familiar precario y un contexto social envuelto en la miseria, el autoritarismo y un profundo resentimiento anti-alemán, el mundo del pequeño Putin ofrecía pocas razones para confiar en los demás. Sus aprendizajes en la Leningrado de los cincuenta fueron probablemente la desconfianza y el miedo, sea a la pobreza, a la violencia callejera, a la supervisión totalitaria soviética o a los enemigos occidentales. No sorprende que, según la crónica oficial, desde niño, Vladimir decía que quería ser espía.

En ese medio pobre y hostil eligió hacerse respetar por la fuerza. En la autobiografía del presidente, publicada en Rusia cuando asumió el poder, él mismo se describe como pendenciero y violento. En ese libro, su carta de presentación a la sociedad rusa, cuando un entrevistador le pregunta sobre su infancia, él contesta airado que “a los diez años yo era un matón” y describe varias anécdotas en las que aporreaba y humillaba a sus víctimas. Su aprendizaje temprano fue el de la solución de conflictos mediante la violencia.

La cultura eslava no destaca por su aprecio por la expresión de las emociones y Rusia ha sido típicamente gobernado por hombres de expresión impasible. En la conferencia de prensa ofrecida la semana pasada por Sergei Lavrov, ministro de relaciones exteriores de la Federación Rusa, la periodista Cathy Newman le preguntó con tono apasionado acerca de las muertes de civiles en Ucrania. El ministro desvió la respuesta hacia los crímenes de la OTAN pero además intentó descalificar a la periodista tildándola de “emocional”. Eso sí que le resultaba inaceptable. El nivel de madurez emocional de los hombres en el Kremlin debe ser cercano a cero y el presidente es, tal vez, el modelo a seguir. El aprendizaje de Vladimir Putin durante su infancia muy probablemente haya sido que los hombres de verdad reprimen sus emociones, a menos que se trate de la ira.

Una emoción particularmente incómoda para un déspota es la empatía. Salta a la vista que quien ordena estos ataques tiene una absoluta falta de compasión, es decir que el dolor de los demás, aunque sean niños o mujeres embarazadas, no afecta su comportamiento. Los humanos, fuera de los casos clínicos, nacemos con la capacidad de empatizar con el prójimo, tanto cognitivamente imaginando las circunstancias ajenas, como afectivamente, es decir sintiendo lo que pueden estar sintiendo los demás. Pero el sano desarrollo de esta capacidad puede ser estimulado o truncado, según nuestra experiencia y nuestros modelos de referencia, especialmente durante los primeros diez años de infancia.

En el caso del premier ruso, lo que algunos medios llaman diplomáticamente su frialdad y su pragmatismo, es en verdad una total insensibilidad hacia el resto de la humanidad. Esta característica enlaza perfectamente con su carrera en la KGB y como jefe de la policía secreta en Moscú, puestos en los que ser susceptible a las emociones de los demás está lejos de ser considerado una cualidad deseable. Desde pequeño, ya sea por su entorno familiar o social, su aprendizaje parece haber destacado las ventajas de la ausencia de empatía para perseguir sus objetivos.

Cuando Putin habla de sus ambiciones más épicas, resaltando la importancia de rescatar la grandeza perdida de “la Madre Rusia” no hace falta demasiada creatividad para imaginar el ego herido del pequeño Vladimir. Se habrían reído de él en el colegio por su baja estatura y años más tarde el mundo se reiría del colapso del gran imperio soviético. Ahora él había sido ungido para restaurar la gloria perdida. Y la población rusa le miraría y diría: Ese es el padre de la patria. Sus guerras, Chechenia, Georgia, Siria y ahora Ucrania, eran el camino de redención. Pero para esta gesta era necesario acompañar los tanques en el extranjero con el aparato interno para aplastar todo resto de la glasnost de Mijail Gorbachov y volver a “los valores tradicionales”. Y así Putin empezó a silenciar medios opositores, a arrestar a disidentes, a condenar a activistas y a perseguir a homosexuales, todas ellas amenazas a su sueño de infancia de la Madre Rusia. Las raíces de esta represión están también en aprendizajes tempranos: el miedo a la diversidad, el miedo a la tolerancia, el miedo a la libertad, el miedo a ser considerado débil, el miedo a que se cuestione su lugar en el mundo.

Con la invasión de Ucrania (y demás ataques que tal vez tenga en vista) Vladimir Putin está intentando llenar el pozo sin fondo de sus carencias de aprendizajes clave durante su infancia. Aunque invada todo el continente, no será suficiente, porque para aprender lo que no aprendió de niño necesitaría nacer de nuevo. Porque su desatención a su terrible inseguridad, a su falta de nociones básicas de respeto, a su desconfianza de todo, a su represión emocional, a su narcisismo mesiánico, a su resentimiento histórico y a sus profundos miedos (que le hacen tomar decisiones irracionales), le causan tal desconexión con sus pares, con el mundo, con la vida en general, que lo alejan cada vez más de la pertenencia a la sociedad civilizada y lo acercan a tener que responder a cargos por crímenes contra la humanidad de la Corte Internacional de La Haya.

Hoy miramos con espanto el devastador daño global que puede causar un hombre con mucho poder, pero débil y temeroso. Hoy hablamos de Vladimir Putin, pero si solo observamos su modo de actuar, es decir su crueldad, su ignorancia emocional, su falta de cordura moral, podríamos mencionar otros muchos ejemplos. Desafortunadamente la historia de la humanidad es pródiga en hombres que se han ensañado con los más vulnerables, sean ellos los autores del genocidio de Tutsis en Ruanda, quienes autorizaron el bombardeo en Hiroshima y Nagasaki o los artífices del holocausto. Con ese oscuro curriculum a nuestras espaldas, muchas/os teníamos una vaga esperanza de que la pandemia nos había hecho más conscientes de nuestra interconectada fragilidad. Tal vez el notable consenso internacional en solidaridad con Ucrania multiplique esa conciencia y nos una cada vez más en la búsqueda de una colaboración para la paz y la sostenibilidad del planeta.

José Bercetche es educador y autor de Educar y cuidar hacia la igualdad.

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