Maria Montessori

Cuando Maria Montessori, con apenas 16 años, le dijo a su padre que quería estudiar ingeniería, probablemente no haya tenido muchas expectativas de ser tomada en serio. En aquél 1886 los deseos de una hija estaban muy limitados, y más aun si se trataba de realizar una actividad que no correspondía a su condición de mujer. La educación secundaria no era frecuente en las niñas de esa recientemente unificada Italia, y las pocas que ansiaban profundizar su formación seguramente aspiraban a convertirse en maestras.

Pero los estrictos valores conservadores de su padre, Alessandro Montessori, ex-militar convertido en exitoso funcionario, no impidieron que su mujer, Renilde, cultivada y acostumbrada a leer, le convenciera. Alessandro finalmente consintió en realizar las gestiones necesarias para que su hija pudiese enrolarse en una escuela politécnica a la que solo asistían varones. No acabarían allí los sobresaltos para el padre porque poco antes de graduarse con excelentes resultados académicos, Maria anunció que quería estudiar medicina.

Esto ya era demasiado. La medicina era una de las profesiones más serias y de ninguna manera era territorio para una chica. El padre intentó aplacar los ruegos de su única hija, ordenándole que abandone esas ambiciones desmedidas, pero no hubo caso. Otra vez, Renilde defendió las convicciones de la joven y, otra vez a regañadientes, Alessandro claudicó. Maria se postuló como candidata a la Facultad de Medicina de la Sapienza, la Universidad de Roma, pero como no se admitían mujeres, fue rechazada.

En vez de darse por vencida, se apuntó al programa de física, matemáticas y biología de la Sapienza (en donde sí admitían mujeres) y con 22 años obtuvo su diplomatura en ciencias. Como los requisitos académicos de ese grado le permitían especializarse en medicina, María volvió a presentarse, pero su sexo seguía siendo un obstáculo y fue rechazada otra vez.

Esto debe haber tocado el amor propio de su madre; lo cierto es que la familia apeló la decisión y, según la información que aportan varias entrevistas publicadas años más tarde en los EE.UU, lo hizo nada menos que ante el Papa León XIII. Frente a tal intercesión, el rector de la Universidad tuvo que ceder. En 1896, tras migrar de la ingeniería a la medicina con una trayectoria universitaria brillante, Maria se convirtió en la primera médica graduada en Italia.

Ese mismo año representó a su país en el Congreso Internacional de Mujeres, en Berlín, y dio un discurso en el que defendía los derechos de las mujeres trabajadoras, destacando los beneficios de una igualdad salarial entre los dos sexos. Durante los dos años siguientes asistió como oyente a clases de pedagogía en la Universidad de Roma y comenzó a investigar y a dar conferencias sobre la educación de niños con deficiencias mentales, hasta que le ofrecieron el puesto de codirectora de una institución que formaba a las maestras que trabajaban con niños con distintos grados de discapacidad intelectual.

La formación incluía prácticas con estos niños y Montessori experimentó con el desarrollo de materiales de enseñanza que luego se convertirían en pilares de su visión pedagógica. Para ella era fascinante ver cómo esos pequeños, a menudo víctimas del abandono y la desesperanza, mejoraban notablemente sus capacidades de asimilación. Empezó a explicarles algunos razonamientos sencillos acompañados de objetos familiares y fácilmente manipulables, y estas experiencias le revelaron que los aprendizajes más fecundos estaban asociados a la actividad de jugar.

Aprendiendo conceptos abstractos con materiales concretos.

Fue en ese maridaje de medicina y pedagogía aplicado a esos pequeños tan desfavorecidos, en quienes nadie depositaba sus expectativas, donde la doctora Montessori encontró su pasión. Muy pronto los extraordinarios logros académicos de estos niños, a menudo a la par de los de escuelas convencionales, llamaron la atención de personalidades académicas de la Sapienza. Así, con la confirmación práctica de sus teorías y el consiguiente reconocimiento de sus pares, despegó su vocación por estudiar y difundir los procesos del crecimiento intelectual y emocional infantil.

Con esa inquietud Montessori volvió a la universidad en 1901, pero esta vez para estudiar educación, filosofía (que en esa época era lo más parecido a la psicología) y antropología. Tras haber cumplido su paso por la ingeniería, se alejaba de la biología y la medicina, para instalarse definitivamente en la pedagogía, donde haría sus máximas aportaciones. Acabados sus estudios, y ya formulando sus teorías en múltiples conferencias y publicaciones, en 1907 aceptó el encargo de asumir la dirección de la Casa dei Bambini (la Casa de los Niños) en Roma. Su trabajo en ese jardín de infantes le permitiría aplicar las teorías que había ido desarrollando y rompería con todo lo conocido hasta ese momento.

Una de las primeras medidas de Montessori fue que todo el mobiliario fuera construido a la escala de los niños y que los útiles y enseres educativos estuviesen accesibles a ellos. También perfeccionó materiales didácticos de formas primarias fácilmente reconocibles, a veces pintados de colores que facilitaban su reconocimiento, con los que se podían representar conceptos abstractos, al mismo tiempo que se podía jugar con ellos. Y a medida que los niños se entretenían con los materiales y descubrían los cambios que provocaba su interacción con ellos, ella nombraba conceptos como el orden, las secuencias, las cantidades, las proporciones y las relaciones entre los objetos. Mientras manipulaban los materiales, los pequeños eran capaces de absorber principios teóricos que en la enseñanza tradicional les resultaban demasiado virtuales y, en última instancia, incomprensibles.

Las teorías, los métodos y las herramientas de aprendizaje que desarrolló Maria Montessori supusieron una revolución (todavía en curso) que se propagó rápidamente por el mundo entero. Con las sucesivas Casa dei Bambini, y gracias a las conferencias, los cursos internacionales y a los libros y artículos que publicó, “el método Montessori” muy pronto influenció las guarderías y los parvularios de los cinco continentes. Aun así, tras el lamentable estancamiento cultural principalmente causado por las grandes guerras del siglo pasado, las escuelas que funcionan hoy con esa pedagogía a veces son consideradas todavía como excepciones vanguardistas.

Si bien la pedagogía Montessori creó un nuevo sistema de educación infantil, tal vez el aspecto más revolucionario sea el respeto incondicional hacia los niños y hacia la naturaleza orgánica de su aprendizaje. Es decir que gran parte de su aportación fue el de desmontar los prejuicios y las preconcepciones erradas que dictaban dogma desde tiempo inmemorial, y reemplazarlos por una confianza científica en el poder de las capacidades innatas de los niños.

Esta visión respetuosa del aprendizaje infantil no solo influyó en los ámbitos escolares. En la escala doméstica, lentamente, muchos padres y madres descubrieron las ventajas de ser más conscientes de la metamorfosis de sus hijos. Además, psicólogos, pedagogos y académicos del mundo entero se abrieron al estudio formal de las fases tempranas en la vida de las personas. Gracias a Maria Montessori la niñez, la infancia y la adolescencia, como procesos creativos de principal importancia en la formación del individuo, eran al fin dignas de estudio.

A lo largo de todo su trabajo Montessori nos enseña un aspecto esencial de la educación temprana: la observación sin juicios de los procesos de aprendizaje. Su formación científica ciertamente la ayudaba, aportando un método riguroso para encauzar su curiosidad por conocer la naturaleza humana en su desarrollo inicial. Prestaba atención a los niños no porque quisiera juzgarlos buenos, malos o que «progresan adecuadamente», sino porque quería aprender de ellos.

A padres, madres, cuidadores y maestros nos resultará valiosísimo mantener viva en nosotros esa curiosidad de principiante para mirar a los niños como fenómenos extraordinarios, en pleno proceso de transformación. ¿En qué fase de su despliegue vital está esta niña? ¿Qué capacidades florecen en esa fase? ¿Qué dificultades, desafíos y oportunidades está viviendo ese niño? ¿Qué es capaz de pensar en este momento? ¿Qué está sintiendo? ¿Qué necesidades físicas y emocionales tiene?

Las mismas preguntas que se hacía Maria Montessori a principio del siglo XX en su Casa dei Bambini nos permiten hoy a padres, madres, cuidadores y maestros aprender cómo «están siendo» los niños y las niñas. Con esa intención cálida y curiosa, podremos conectar mejor con sus necesidades para ofrecerles las experiencias que favorezcan su proceso de desarrollo.

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